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    Pere Ramirez
    Superadministrador

    Al comentarle cuánto me había gustado “Los días perfectos” a una de mis libreras favoritas (felizmente emparejada con su chico desde hace más de quince años) ella me espetó:
    – Si, si está muy bien escrito; le ha gustado a muchas de mis amigas… pero… ¡cuánta palabrería para justificar unos cuernos!
    Me hizo mucha gracia ese comentario tan socarrón. Pero estoy seguro de que ella –empedernida lectora y degustadora de buenos textos- piensa, igual que yo, que esta sincera, triste, emocionante, bien humorada y bella novela, es bastante más que un asunto de cuernos.
    “Los días perfectos” entretiene, atrapa desde su cita inicial y las primeras páginas, pero sin duda también escuece e incluso duele, aunque esté salpicada de humor.
    Aparentemente el núcleo del texto no es otro que analizar el tedio al que se ven abocadas muchas relaciones amorosas, pero en el fondo también nos habla, y con vehemencia, de la pasión: “Entre la nada y la pena me quedo con la pena”.
    Como ocurre con todos los buenos libros uno olvida, leyéndolo, que está viviendo una ficción. Y no únicamente por ser un relato epistolar, sino también por esa estructura de matrioskas: dos cartas, dos confesiones de amor y tedio, que precisamente nacen al fisgonear – como nos gusta eso – otras muchas cartas de amor e irremediable tedio -¡estas reales!- de Faulkner a su amante Meta Carpenter, escitas a lo largo de tres largas décadas.
    Por cierto, como anécdota os diré que yo estuve hace unos años en la oculta y poco visitada mansión de William Faulkner, en Oxford, Mississippi, y casi puedo imaginar al granjero escritor, en su cuarto, redactando y dibujando esas misivas.
    Y también el sorprendente Harry Ranson Center de Austin, Texas es real, existe: Jacobo Bergareche pasó allí 3 años de su vida como consultor. Y fue el hallazgo casual del correo entre William y Meta, el que dio lugar a esta novela. Nunca con anterioridad se habían publicado esas cartas y curiosamente la Faulkner Foundation le ha permitido hacerlo en su novela. Así lo ha contado el propio Bergareche.
    Esas cartas – ya nadie escribe cartas de amor- consiguen cambiar a Luis, el protagonista de la historia. Cambian incluso la forma de verse a sí mismo y la de entender, en sus múltiples y a veces tristes aspectos, sus relaciones amorosas.
    El libro habla de esos días especiales, raros, que cristalizan en la memoria, como el que Faulkner llegó incluso a dibujar: desde el amanecer y toda la noche, momento a momento, para hacerlo imperecedero. La memoria nos constituye como seres únicos, pero además – lo queremos todo- nos gusta vivir sintiendo el viento en la cara.
    “Los días perfectos” habla del paso del tiempo, del tedio, del aburrimiento y de cómo tratar de entender lo que vivimos, lo que nos pasa, comprender qué es lo que cambia en ese devenir de los años.
    ¿Casi 200 páginas para hablar de un asunto de cuernos? ¿Es una visión escorada hacia lo masculino? Yo creo que no. Las mujeres – Camila, Paula e incluso “la gorda”- son tratadas por Bergareche como sus pares. Los personajes, sus perfiles, están por encima del género.
    ¿Cómo reavivar la pasión? ¿Es necesario hacerlo o es una enfermedad de la que hay que saber sobreponerse? En realidad ¿“nos enamoramos de nosotros mismos enamorados”?
    Le he oído decir a Bergareche: “Aunque ya no amemos, todo el mundo ama el tiempo en el que ha amado”.
    Menudo pájaro este erudito de 45 años que ha sabido describir tan acertadamente, con tanta hondura y a la vez con tanto humor, cosas que todos hemos sentido, cosas que a todos nos han pasado.
    Entre el dolor y el humor, citando a Rocío Jurado y su “se nos rompió el amor de tanto usarlo”, o a Neil Young que cantó “Mejor arder a desvanecerse”, y escribiendo la feliz humorada de “juro serte fiel hasta que el tedio nos separe”, el autor nos hace sonreír mientras mete el dedo en la llaga. Eso sí, con sabiduría y misericordia.
    Cinta, genial elecció. Moltes, moltes gracies.

    Pere R

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